El Universo de la Fundación

Written by Ricardo Blanch on Agosto 13th, 2008

En el año 12067 EG (Era Galáctica) la Humanidad ya se había extendido por toda la Galaxia, sin toparse nunca con otra raza inteligente. Llevaban 12 milenios de un Imperio Galáctico, que, comprensiblemente, parecía haber existido desde siempre y estar destinado a existir para siempre. ¡Minga!

Los arqueólogos “serios” sostenían que la raza humana había surgido simultáneamente en varios mundos y que, al iniciarse la navegación hiperespacial, se habían encontrado y cruzado hasta uniformar las fachas (los biólogos decían que esto era imposible, pero nadie les daba bola). Las leyendas hablaban de un mundo único de origen, desde el que la humanidad se expandió a los millones de mundos que llegaron a ocupar. El nombre del mundo original se había perdido en la noche de los tiempos (una noche que al Imperio no le interesaba disipar: entonces como ahora, la arqueología necesitaba subvenciones). En el sector de Sirio sobrevivía un mundo olvidado, nada importante y furiosamente radiactivo, que había sido alguna vez la Tierra. No lo sabía nadie, claro. O casi nadie.

El hecho es que el Imperio existía y era, por el momento, inmensamente poderoso. La sede del gobierno, que incluía el palacio del Emperador y las oficinas de millones de burócratas, estaba en Trántor, el planeta habitable más cercano al centro de la Galaxia. A esta altura del partido, la capital del Imperio era una única ciudad, que se extendía por toda la tierra firme y sobre parte del lecho oceánico de Trantor.

La administración del Imperio se había vuelto, claro está, complicada, al acumular 12 mil años de burocracia. O sea, se estaba pudriendo todo. La ciencia se había estancado y recopilaba en vez de inventar. El mantenimiento se había deteriorado y los gigantescos engendros tecnológicos estaban empezando a fallar cada vez más frecuentemente. Ya en la Periferia se estaban empezando a olvidar las técnicas atómicas.

Hari Seldon: las matemáticas de la historia

Hari Seldon era un matemático de Helicón, sector de Arturo, que demostró que era posible predecir el futuro de las masas humanas, si éstas eran lo bastante numerosas. Lo que su teoría inicial no decía era cómo. Se pasó el resto de su vida planteando el cómo y lamentándose de haber abierto la boca. El resultado final fue la ciencia matemático-estadística de la psicohistoria. En realidad, si se puso con el tema fue porque se dio cuenta, con alguna ayuda de terceros (después les contamos), de que el Imperio se estaba yendo a… los caños. Cuando encontró las fórmulas y sacó las cuentas, casi le da un ataque. La probabilidad de destrucción total del Imperio en 500 años estaba en más del 90%. Y después del Imperio no había nada: 30.000 años de barbarie y oscurantismo.

En el 12067 EG lo llamaban “Cuervo Seldon” y se estaba convirtiendo en un dolor en el cuello para las autoridades del Imperio, un grupo de aristócratas que movía los hilos tras el Emperador. Como consecuencia, cuando anunció que escribiendo una Enciclopedia de todo el conocimiento humano el período de caos se podría reducir a un milenio, las autoridades decidieron que se trabaja mejor lejos del mundanal ruido. Y lo fletaron al culo de la Galaxia, a un minúsculo planeta recientemente colonizado en el borde exterior de la Periferia, llamado Términus. Sector de Anacreonte, al fondo a la derecha.

Pero Hari Seldon no dejaba nada librado a la casualidad. Venía preparando su “destierro” desde dos años antes y Términus estaba destinado a ser la semilla de un Segundo Imperio Galáctico, después del milenio de anarquía. Y no cualquier Segundo Imperio: el Plan Seldon preveía, psicohistóricamente, el camino a seguir. Los científicos “trasladados” junto con sus familias creían sinceramente que la Enciclopedia era su misión y cumplieron su tarea a ciegas. Esto no era un capricho sádico sino una necesidad de las matemáticas del Plan. Las masas estudiadas debían gnorar su destino, por lo tanto en la población de Términus no se incluyó ningún psicohistoriador.

El Plan incluía una serie de crisis, las Crisis Seldon, que se producían por superposición de una inminente catástrofe interna y otra externa. Cada crisis forzaba un cambio de rumbo y dejaba un solo posible camino a seguir. En cada oportunidad, al restablecerse el equilibrio, se producía una apertura de la Bóveda de Tiempo, que tenía programadas una serie de grabaciones holográficas de Hari Seldon. En ellas el matemático explicaba la situación que acababan de resolver y les deseaba suerte para su siguiente paso hacia el Segundo Imperio.

La Fundación

A partir del establecimiento de la “Fundación Número Uno de la Enciclopedia” en Términus (año 1 EF, Era Fundacional), las 100.000 personas que la conformaban habitaban la única ciudad de este pequeño mundo desprovisto totalmente de recursos y, hasta ese momento, despoblado.

Mientras el Imperio se mantuvo entero no hubo mayores problemas. Pero luego las cuatro prefecturas vecinas se autoproclamaron reinos y la Fundación vió cortados los canales de suministros y comunicación hacia el Emperador, de quien se suponía que dependía. Además, para ese entonces la mayor parte de la población de Términus no trabajaba directamente en la Enciclopedia y no se sentía representada por su Junta de Síndicos, que era rigurosamente académica.

Salieron del brete enfrentando a los reinos entre sí, con la tecnología atómica como cebo (gracias al retroceso de la Periferia a una economía interna basada en el carbón y el petróleo). Golpe de estado mediante, la Alcaldía se convirtió en el primer gobierno democrático planetario. Desde la Bóveda del Tiempo (50 EF), Seldon ratificó lo actuado y reveló el verdadero objetivo de la Fundación y la naturaleza, aunque no los detalles, del Plan Seldon. Este conocimiento originó una gran confianza que ayudó a la Fundación a ganar sus primeras batallas.

A partir de la segunda Crisis Seldon (80 EF), las fronteras de la Fundación abarcaron los Cuatro Reinos gracias al monopolio de la Sagrada Energía Atómica ejercido por los sacerdotes, quienes eran adoctrinados en la Santa Fundación por los Iluminados Intérpretes de Hari Seldon, Profeta del Espíritu Galáctico. Todo con mucha púrpura y dorado, por supuesto. Aquellos que, desde dentro de la Fundación, querían utilizar la energía atómica con fines agresivos tuvieron que esperar otro siglo.

En el año 155 EF el monopolio religioso de la tecnología atómica demostró ser incapaz de mantener la expansión y un “nuevo” grupo de poder, los comerciantes, tomó el relevo, justo a tiempo para ganar la guerra contra Korell. Tercera Crisis.

De ahí en más una vasta red de rutas comerciales de la Fundación mantenía a buena parte de la Periferia bajo un sutil pero eficaz control económico. Los comerciantes de la Fundación se convirtieron con el tiempo en seres míticos, el prototipo romántico del aventurero, personaje roleable si los hay. ¿Se acuerdan de Hans Solo? Bueno, algo así.

La cuarta Crisis enfrentó a la Fundación con el último gran general del Imperio. Si bien el Imperio estaba en plena decadencia, aún era bastante poderoso y pudo producir, por última vez, en un mismo período histórico un Emperador fuerte y un gran general. Esta era la única combinación peligrosa, pues un general fuerte con un emperador débil invariablemente dirigía su ambición al trono imperial y un general débil no era peligroso. Pero, por supuesto, un Emperador es fuerte porque no tolera que sus generales lo sean. El general fue juzgado por traición y ejecutado, lo que despejó el camino a la Fundación.

Para entonces, la Fundación ya no tenía desafiantes (hay que ser muy tonto para enfrentarse a quien tiene garantizado científicamente el éxito ). Los restos del Imperio se habían desmembrado en diversos reinos tras el saqueo a Trántor, y sus Señores se mantenían a respetuosa distancia de Términus. Internamente el panorama no era tan tranquilo. La riqueza se concentraba en pocas manos, el cargo de Alcalde pasó a ser hereditario y cada vez más comerciantes independientes se refugiaban en mundos apartados y se negaban a pagar impuestos a la Fundación. Y por fin había un psicólogo como la gente en Términus. Se llamaba Ebling Mis e intentaba reconstruir la teoría de Seldon.

Si bien no llegó ni a rascar la superficie de la ciencia de Seldon, Ebling Mis logró sí determinar la fecha de la próxima apertura de la Bóveda de Tiempo, y estaba muy próxima. Esto significaba un disgusto serio para Indbur III, el incapaz de turno en el sillón de la alcaldía, puesto que anunciaba que se le venía encima una crisis de la que no tenía idea. De todas maneras nunca llegó la quinta crisis pronosticada, sino una totalmente imprevista. Llegó el Mulo.

La Fundación, El Mulo …, y otros

Este mutante, venido de algún oscuro y lejano planeta, y a quien casi nadie vio jamás en persona, usó sus poderes mutantes para hacerse con un reino y, finalmente, enfrentar a la Fundación y derrotarla contra todas las expectativas. Y es que el Plan Seldon tomaba como supuesto implícito que las reacciones emocionales de la gente no iban a cambiar. Justamente, detectar, alterar y controlar las emociones humanas era el poder del Mulo, y esto aparentemente dio por tierra con toda la psicohistoria. De hecho, el mismo día en que cayó Términus, el mensaje de Seldon grabado en la Bóveda de Tiempo fue totalmente incoherente con la realidad. El Plan ya no era aplicable. Seldon había hablado, oscuramente, de la existencia de una Segunda Fundación en “el otro extremo de la Galaxia”. Existía, y era la otra cara de la Primera: creada y mantenida en absoluto secreto e inepta para las ciencias físicas, se dedicaba exclusivamente a la psicohistoria. Eran los guardianes del Plan Seldon. Habían desarrollado técnicas para adquirir poderes de detección y control emocional similares a los del Mulo y seguían completando y puliendo las matemáticas de la psicohistoria. De hecho, cada uno de los Oradores que dirigían la Segunda Fundación tenía que haber hecho una contribución original al Plan para llegar a su puesto.

El Mulo buscó a la Segunda Fundación por toda la Galaxia, pero cuando finalmente la encontró cayó bajo su control. Ese fue el final de la expansión de la Unión de Mundos que gobernaba el Mulo como Primer Ciudadano. El mutante, aunque tenía grandes poderes mentales, era físicamente frágil hasta lo ridículo (de ahí su reticencia a mostrarse en público) y por añadidura estéril, y murió sin sucesor pocos años después.

Pero el Plan se había arruinado por tres motivos: en primer lugar, sabiéndose custodiada, la Fundación se tiraba a chanta. Por otro lado, una parte de la Fundación resentiría el control de los científicos mentales y se volvería activamente hostil hacia ellos. Por último, esto iba a llevar al desarrollo de una ciencia psicológica y mental dentro de la Fundación, lo que era fundamentalmente incompatible con el Plan. La única forma de salvar el Plan era destruir a la Segunda Fundación. Y se hizo, en cierto modo.

La Segunda Fundación alentó al reino de Kalgan, remanente de la Unión de Mundos y único oponente digno militarmente de la Fundación, a enfrentarse a ésta para ser derrotados. Y al mismo tiempo, sacrificó a un grupo de cincuenta voluntarios de entre su gente para que fueran descubiertos en conspiración contra la Fundación, simulasen ser el total de la Segunda Fundación y fuesen destruidos, devolviendo así a la Fundación la ilusión de ser dueños de su destino. Así, volvería a decirse que el Plan Seldon ayuda a quien se ayuda a sí mismo, y las ciencias mentales dejarían de estudiarse por falta de aplicación práctica.

Así la Segunda Fundación podría seguir vigilando el correcto desarrollo del Plan desde el más impensable de los lugares. El Mulo y la Fundación los habían buscado, siguiendo la tenue indicación de “al otro extremo de la Galaxia”, olvidando que Seldon hablaba en términos sociológicos. Para él, el otro extremo del lejano, aislado, no importante Términus era el centro del Imperio, Trántor, donde convergían todos los caminos estelares. Pero, casi cuatro siglos después de Seldon, Trántor era sólo un pequeño mundo agrícola con la particularidad de que conservaba intactos con temerosa reverencia los terrenos de la antigua Universidad Imperial. Llamativamente intactos, misteriosamente lo único que pudo ser defendido exitosamente del Saqueo. Pero esto no despertó la curiosidad de nadie: la curiosidad es una emoción.

Robots positrónicos

Muy antiguas leyendas, de antes del viaje hiperespacial, hablaban de hombres artificiales, seres de metal creados para proteger y servir al ser humano. Por supuesto, estas leyendas siempre fueron consideradas (muy convenientemente) tonterías. Veamos la verdadera historia.

Unos veinticinco milenios atrás, la humanidad vivía en un solo planeta: la Tierra. En las colonias y exploraciones mineras de su sistema se utilizaban robots. El cerebro positrónico era un invento reciente (siglo XXII) y se empleaba masivamente, pero fuera de la vista del público. Y es que existía lo que se llamaba el “Síndrome de Frankenstein”, una aversión irracional a los robots antropomórficos.

Para tranquilizar a la opinión pública, se implantaron firmemente en sus cerebros las Tres Leyes de la Robótica: un robot no puede dañar a un ser humano, ni permitir por inacción que un ser humano sufra daño; un robot debe obedecer las órdenes de los seres humanos, excepto cuando estas órdenes esten en oposición con la Primera Ley, y un robot debe proteger su propia existencia mientras esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Una vez descubierto el viaje hiperespacial (con ayuda de un cerebro positrónico), se colonizaron varios mundos con la asistencia de los robots. No funcionó: las niñeras/esclavos positrónicas proporcionaban a los colonos una vida demasiado cómoda, y se convirtieron en individualistas ociosos, dedicados a contemplar sus propios ombligos. Fue de nuevo desde la superpoblada Tierra y sin robots, para no repetir el error, que la humanidad se extendió a toda la Galaxia. En unos pocos lugares sobrevivieron nebulosas leyendas sobre los “hombres mecánicos”. Algunas mencionaban a un tal Da-nee, un robot con apariencia humana que tuvo que ver en la segunda expansión colonizadora y decían que aún funcionaba, esperando el momento adecuado para volver y sacar a la humanidad de problemas de una vez y para siempre.

R. Daneel Olivaw (R de robot)

La Tierra era un planeta superpoblado y sojuzgado por sus orgullosos descendientes, los robotizados Mundos Espaciales, cuando R. Daneel Olivaw, el primer prototipo de robot completamente humaniforme, colaboró con el detective Elijah Baley para dilucidar el homicidio de un “espaciano”. Su asociación en ese y otros tres casos policiales, los cambió a ambos y también el destino de la Galaxia. Elijah se convirtió en el principal promotor de la política de expansión que llevaría finalmente al Imperio Galáctico y Daneel llegó a ser casi una persona. Como persona, Daneel tuvo que forjarse una ética, y siendo un robot se sintió obligado a erigirse en guardián de la humanidad.

Desde muy temprano en su historia, un robot no humaniforme, R. Giskard Reventlov, le transfirió los poderes mentales que había adquirido por un accidente de programación. Leer la mente humana era conflictivo para un robot, ya que añadía un nuevo sentido a la Primera Ley. Su cerebro peligraba ante cualquier daño sufrido por un ser humano, incluyendo los sentimientos heridos. Con su ya alterada estructura mental, Daneel pudo elaborar y aceptar una nueva Ley, lo cual para un robot era casi imposible. La Ley Cero rezaba: un robot no puede dañar a la Humanidad o permitir por inacción que la Humanidad sufra daño.

Con esto Daneel se metió en otra camisa de once varas, ya que, ¿quién puede definir qué es la Humanidad y qué es un bien y un mal para la Humanidad en su conjunto?

En un principio, decidió dejar a la Humanidad esta decisión y se limitó a dar un empujoncito acá y allá. Pero cada vez se vio obligado a meter más y más la cuchara, y para ello se rodeó de un grupo de ayudantes robóticos con su misma versión de las Leyes.

Llegó un momento en que la decadencia del Imperio lo obligó a una intervención tan directa como ser Primer Ministro y consejero de confianza del Emperador Cleón I. Fue entonces que apareció ese joven matemático con su alocada teoría para predecir el futuro, la psicohistoria.
Con un suspiro de alivio, Daneel se puso detrás de Hari Seldon y empezó a empujar. De ahí en más, él y sus colaboradores se fueron retirando, a la vez que borraban sus huellas. Con todo, es de suponerse que seguían entrometiédose de vez en cuando.

 

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